viernes, 21 de noviembre de 2008

El orante de los caminos

Me gusta mucho contemplar a Francisco en aquellos momentos en que, hiciera frío o calor, lloviera o hiciera sol, se paraba por los caminos cuando se dirigía a algún sitio, para rezar las horas canónicas, o para contemplar.
Debía ser aquello todo un espectáculo: ver cómo un hombre pequeñito, enfermo, sucio, desarrapado... encontraba el momento que fuera para recordar al Amado de su alma. No era excusa el estar enfermo, el tiempo, o si llegaba tarde o temprano a su destino. Lo importante era rezar, estar con Cristo, recordarle, contemplarle, hablarle, hacerle el Primero en todos los momentos de su vida.
Me pregunto si nos damos cuenta de cuánto amaba este hombre, que no consideraba nada tan importante como a quien le había llamado a servir a los leprosos, predicar la Palabra, convivir con los más pobres e identificarse con ellos, ser signo del Reino, recordar al mundo que Cristo, Pobre y Crucificado, sigue llamando a los corazones.

No hay comentarios: